“Ich bin ein Berliner”

Estándar

Esther Lence, colegial de primero de Periodismo y Relaciones Internacionales, nos narra su viaje con la Universidad Francisco de Vitoria a Berlín, y cómo la Historia ha cobrado un nuevo significado para ella.

Esther Lence. Muchas veces cuando pensamos en la historia, lo hacemos como si se tratara de algo muy lejano, de algo que pasó en su día y allí quedó. Sin embargo, durante cinco días, he sentido un gran impacto con la realidad y este es que la historia no siempre queda tan lejos ni tan olvidada.

Roma, Bruselas o Berlín. Roma, la cuna de Europa, donde todo comenzó, tanto arte, tanta historia y tanto que contar… Pero dos veces en un año ya me han dejado apreciarla mucho por ahora. Bruselas, muy atractiva, tan desconocida por mí y con tantas cosas por aprender de ella… Pero, ¿qué hay de Berlín? Otra ciudad que no había visitado y debía considerar lo enamorada que estoy de la historia y lo cautivada que me dejó Heidelberg este verano. Por ello, Berlín fue la elegida.

Como bien me dijeron y como mal hice yo, nunca juzgues una ciudad por el camino del aeropuerto. Al recordar nuestra llegada a la ciudad, la palabra que viene a mi mente esgris: el cielo, los edificios… El ambiente en sí. Lo cierto es que la primera mañana no atrajo mucho mi ánimo. Sin embargo, afortunadamente, juzgue mal esta ciudad gris.

Creo que a casi todo el mundo le viene a la cabeza el conocido Muro de Berlín cuando piensa en esta ciudad y es muy lógico: este dividió desde 1961 hasta 1989 el territorio que representó una miniatura del gran conflicto que sufría el mundo por entonces. Durante los cinco días de viaje pudimos acercarnos un poco más a esta realidad: sus causas y lo que fue su presente. Gracias al Museo Nacional de la Historia de Alemania, nos pudimos remontar a la conocida República de Weimar y al ascenso y obra del Partido Nacionalsocialista en Alemania. Siempre me ha impresionado el poder apreciar en un museo lo que son los objetos de cerca y darme cuenta de lo que verdaderamente significaron en su día: esos billetes amontonados en la vitrina que nos intentaban transmitir el poco valor que tenían; los mechones de pelo cuya tonalidad determinaba los derechos de los ciudadanos, el uniforme que lucía una esvástica y que te hacía pensar quién lo habría llevado puesto; o, por el contrario, quien habría llevado el pijama de rayas azul y blanco que lucía una estrella de David, pues podía pertenecer a cualquiera de las personas que aparecían en los cuadros que había al lado: el niño que miraba a la cámara inocentemente, la mujer con lágrimas en los ojos o el hombre que alzaba su barbilla queriendo recordar su dignidad al fotógrafo.

Por otra parte, es incluso más apreciable encontrarte en el lugar donde ocurrió todo. Estás caminando por la ciudad cuando aparece delante tuya una placa que recuerda la gran quema de libros que tuvo lugar allí mismo y entonces, te das cuenta de que justo en el punto donde tú estás, hace unas décadas, muchas personas intentaban reducir a cenizas el conocimiento aportado por autores judíos. Del mismo modo, puede ocurrir que, sin saberlo, aparques tu coche encima del que fue el búnker donde murió el Tercer Reich.

Fue aquella muerte que anunciaba un periódico americano en el Museo Nacional la que desembocó en la división del mundo y, en pequeña escala, de Berlín. Durante nuestra primera tarde en la ciudad, pudimos vivir de cerca de la mano de un testigo de la caída del muro lo que era encontrarse en la República Democrática de Alemania, lo que ello significaba, el sufrimiento de vivir allí y ver lo cerca y, a su vez, lo lejos que se encontraba la libertad: cuántas personas soñaban con verdaderamente ser bienvenidos al sector americano que era anunciado en un cártel cercano.

Es verdaderamente impresionante darte cuenta de cómo vivían aquellos ciudadanos; los había quienes sufrían en silencio, otros que soñaban y callaban para conseguir sus metas (siendo clara muestra de ello, la actual canciller del país, Angela Merkel) o los que su poderosa lealtad a sus principios les impedía negarlos. Este fue el caso de un hombre cubano que con tal de salir de su país, decidió residir en la Alemania Oriental. Sin embargo, una petición de espionaje por parte de Cuba y su negación le alejaron de su búsqueda de una mejor vida. El siguiente paso para él, consciente de que su vida también era vivida milimétricamente por la Stasi, fue huir pero el modo de lograrlo era el problema. Un supuesto buen amigo me llamó para tomar un café juntos y al ver que se ausentó un momento y no volvía, decidí ir al servicio e irme pero cuando salí, ya me estaban esperando en la puerta. Fue casi una semana lo que estuvo en la mayor cárcel de la Stasi en Berlín, cárcel que tuvimos la oportunidad de recorrer junto a él. Lo cierto es que creo que el visitar aquel sitio con un antiguo prisionero no debe contarse, sino vivirse, por lo que lo único que aportaré sobre aquel lugar es que, como dijo Sócrates, el mayor de todos los misterios es el hombre: cuánto daño es capaz de hacer sentir un hombre a otro y cuán leal es un hombre a sus principios.

Pero, como se ha dicho muchas veces en la historia, al final todo saldrá bien y si no sale bien, es que no es el final; considero que esta cita refleja bastante bien lo que es la historia de este país. Si nos remontamos a la Primera Guerra Mundial, podemos observar que el siglo XX ha sido muy duro para los ciudadanos alemanes: a ella siguió una gran crisis, tras esta el Régimen Nazi con la Segunda Guerra Mundial y finalmente, su división durante algo más de 40 años. Es verdaderamente impresionante que en cinco días pudimos ser conscientes muy de cerca de todo lo que este país ha vivido e intercalarlo con la visita a un Bundestag  que es la viva imagen de aspectos como la democracia, la tolerancia, la unidad, los derechos de los ciudadanos, la libertad, la igualdad o la conciencia europea; o con el recibimiento en la Fundación Konrad Adenauer, cuya labor me ha cautivado y la cual considero digna de admiración; mi visión es la siguiente: Alemania y sus ciudadanos conocen lo que es la privación de su libertad, de su dignidad y derechos y ahora, que disfrutan de una democracia, es el momento de ayudar a que el resto del mundo la conozca, a que ningún país vuelva a vivir la opresión y de colaborar en la cooperación entre países.

La impresión que llevo de Berlín es que sí, es una ciudad gris pero que poco a poco va adquiriendo color, es una ciudad que está en construcción y que se recuperará totalmente. Jamás hubiera imaginado que en un país se pudiera tener tantísima conciencia de la historia que ha vivido y ahora me doy cuenta de que, efectivamente, Berlín es muestra de ello. Fue verdaderamente impactante un instante, caminando por la ciudad y adentrándonos en su historia con las palabras del guía, cuando me di cuenta de que lo único que se escuchaba en la calle era eso: sus palabras, el resto era silencio. Muchas veces surgió el debate entre nosotros sobre si quizás Alemania vive demasiado estancada en su pasado y ante ello, considero que es cierto que es muy notable la huella que han dejado tantos sucesos allí pero también es verdad que realmente muchos de esos acontecimientos son muy cercanos y que, como he dicho antes Alemania es, para mí, un sinónimo de construcción. Me llevo de este viaje la misma impresión que me llevé de Heidelberg este verano: lo admirable que es la capacidad de los ciudadanos para regenerarse, para ser capaces de darse cuenta de lo que ha sido su historia y entre todos, aprender y avanzar.

De todos modos, he de destacar que Berlín no nos hizo alejarnos del todo de nuestro país pues una preciosa embajada nos permitió recordar España en medio de tantos sentimientos y hacernos reflexionar también un poco sobre ella y sobre nuestra aportación presente y futura.

En conclusión, puedo afirmar con seguridad que este viaje no se borrará con facilidad ni de nuestras cabezas ni de nuestros corazones: gracias Berlín por permitirnos conocer tu historia, lo que significó aquel muro que ahora está reducido a piedras en el asfalto, tus grafitis que promocionan la paz o el mar gris que conmemora tantas almas; gracias por ser ejemplo de que, como decía nuestro querido guía cubano, la esperanza nunca muere y por darme la impresión de que el mundo sí podrá vivir algún día en paz; gracias por dejarnos disfrutar de tu gastronomía (que no podía dejar en el camino), de tus ciudadanos luchadores, o del brillante atardecer que acompañaba a la bandera de Alemania desde la cúpula del Bundestag que se suaviza cuando bajas y lo admiras a través de la Puerta de Brandemburgo. Gracias Berlín por dejarnos conocer tu corazón, prometo volver algún día y repetir, hasta entonces, que durante cinco días yo también fui ein Berliner.

Anuncios