Paula López: Colegio Mayor “nunca encontraré las palabras para agradecer ese amor tan grande”

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Han pasado apenas unas semanas del Acto de Clausura, pero el curso aún no termina. Os compartimos las palabras de nuestra colegial mayor Paula López, (la tercera de derecha a izquierda) que dirigió a todos los que han formado parte de su vida en el Colegio Mayor.

Paula López. Enfermería.

Me gustaría compartir con vosotros mi viaje. Un viaje que ha durado cuatro largos e intensos años pero, que han pasado como un suspiro.

Me acuerdo perfectamente de cuando mis padres se bajaron de mi tren y me dejaron sola en el camino. Ese momento fue el primer día que llegué al Colegio Mayor. Recuerdo como si fuera ayer cuando me despedí de ellos y lo que sentí en ese momento. Me acuerdo que el miedo me invadía pero, en el fondo solo tenía ganas de empezar a  vivir todo lo que mi mente había estado imaginando durante todo el verano:  ¿Cuál será mi habitación? ¿cómo serán las chicas? ¿saldré de fiesta? Y ese día llegó. ¿Quién me iba a decir a mí, queridos colegiales, que desde ese mismo día me iba a cambiar la vida por completo?

Empezaré por donde empiezan todas las historias con final feliz, por el principio. El primer año que formé parte del Colegio Mayor fue toda una aventura. Todo era nuevo, ciudad nueva, caras nuevas; iba a estudiar enfermería lo que hoy es mi vocación, aventura porque desde ese momento era UNIVERSITARIA.

Una nueva etapa de mi vida había comenzado y quería comerme el mundo, aprovechar al máximo cada oportunidad que se me ofreciese. Y creedme las he aprovechado todas y cada una de ellas. Precisamente el Colegio Mayor era, es y será fuente inmensa de oportunidades, y nosotros colegiales, afortunados por tenerlas en nuestras manos. Con oportunidades me refiero al privilegio de poder vivir experiencias que no todo el mundo tiene el placer de tener. Como convivir con personas realmente interesantes (con su vida, sus familia, amigos, ciudad…), aprender de ellas y quererlas tal y como son.

En mi primero, iban pasando los días y ya no éramos desconocidas, te ibas aprendiendo los nombres poco a poco (bueno alguno se me olvidaba, no es mi fuerte, de ahí el tener más de 100 amorcitos); más o menos sabias qué estudiaba cada una, de dónde eran y con quién solían juntarse. Empezaron a formarse grupitos, según afinidades, como es normal cuando se convive con tanta gente, y entre ellos, mi grupito, las que hoy en día siguen siendo mis amigas. Compartíamos todo: viajes en el eterno 657, palomitas quemadas (a todos nos ha pasado), armario, pintauñas, cera y esas cosas de chicas. Y lo que más nos gustaba, el momento de la cena en el Colegio Mayor; de hecho nunca faltábamos a ninguna cena, porque aparte de encontrarnos con todas las colegiales, hacíamos de la cena una tradición, nuestro encuentro.

En general se sentía un ambiente familiar, todas éramos Colegio Mayor. Pero cuando de verdad sentí que formaba parte del él, fue cuando pude compartir con el resto mi pasión, enseñar todo lo que sé, aprender de las demás chicas y que disfrutasen conmigo y con el baile. Y así nació el hip-hop en el colegio. Eran las mejores noches de la semana, daba perecilla pero, cuando nos poníamos todas a bailar se nos olvidaba la hora. Lo mejor de verdad era el día que tocaba que todo el mundo viese nuestro trabajo.

Ese año hicimos una fusión de ballet, flamenco y hip-hop que quedó genial, no porque lo hiciera yo claro. Ese momento sí que era pura satisfacción de haber hecho un buen trabajo y de pensar que habíamos hecho algo grande juntas.

He de confesar que no todo era color de rosa, esa misma noche, tocó parte por hacer fiesta en mi habitación (Tamara fue testigo y juez), pero aprendimos bien de aquella. Entre asambleas de colegiales, encuentros en el Colegio Mayor, exámenes, actos colegiales, fiestas y otras actividades se pasó el curso, como un abrir y cerrar de ojos y me encontré en el dilema de: mis amigas se van: “¿Qué hago?, pero es que me siento tan bien viviendo aquí, ¿y si me voy con ellas?” Tampoco me costó mucho decidir, simplemente miré mi experiencia de ese año y sentí que era mi lugar, decidí seguir apostando por el Colegio Mayor.

Al final, una de mis amigas sí que se quedó y fue genial pero entendí que la responsabilidad de vivir otro año tan intensamente como el anterior estaba en mi mano y estaba dispuesta a empezar segundo con las mismas ganas, o más, que el primer año. Tenía muchísimas ganas de ver a todas. Otro año nuevo con más oportunidades, más caras nuevas, más aspirantes a bailarinas, todo nuevo otra vez. Preparando la llegada de las nuevas colegiales ya sentía que ahí era donde tenía que estar.

En un primer momento fueron mis padres los que se bajaron del tren y en la siguiente estación mis amigas, pero  en ningún momento me sentí realmente sola. Mi segundo lo recuerdo especialmente porque decidí no tener más grupito y que todas fuéramos uno solo. Intenté aún más conocer a cada una de las chicas porque todas juntas hacíamos piña. Tanto fue así que ese año nos lanzamos a preparar un musical, que sin duda fue un exitazo. Y entre exámenes, prácticas, actos, viajes, tertulias… Otro año más que pasó fugaz porque lo viví intensamente y disfruté de cada momento al máximo.

Y llego tercero. Más de la mitad de la carrera. Ya casi veía el final del viaje. Ese año se me presentó un reto personal muy difícil pero lo empecé con las mismas ganas que los anteriores, porque sabía que volvía a mi casa. ¡¿Qué digo?! Muchas más, porque era la primera vez que iban a venir chicos a vivir al Colegio Mayor. Eso sí que fue una aventura. Recuerdo que fue una locura porque era todo muy diferente. Pero no vino mal el cambio, seguíamos siendo una comunidad. A mí me encantó porque el comité de baile ya tenía bailarines y el colegio se había llenado otra vez de personas extraordinarias; nuevos formadores como José, nuevas habitaciones sin cortinas de flores, en sí todo nuevo. Enseguida surgieron las primeras parejitas, y bueno ¿qué os voy a contar que no sepáis?

Ese año tuve claro que el Colegio Mayor había pasado de ser un edificio con cuatro paredes en el que viven jóvenes con formadores a ser mi hogar, aunque estuviese irreconocible. Porque un hogar no es el espacio físico sino las personas que lo componen, la familia y así sentí a todas las personas que componen el Colegio Mayor. Lo tuve tan claro porque solo la familia hace lo que todos ellos hicieron por mí ese año. Me apoyaron, arroparon y me cuidaron cuando pasé por el peor momento de mi vida. Sentía su calor con una simple sonrisa. Y ese cariño que recibí no lo cambio por nada. Me rodeé de las mejores personas con las que podía contar porque sentía que lo hacían de corazón. Nunca encontraré las palabras para agradecer ese amor tan grande.

Y pasó el curso otra vez, pero con la satisfacción de pertenecer a esta comunidad. Este último año, sí que ha sido la aventura de mi vida, porque así me lo propuse cuando empezó. Además de contar con una novedad extra, mi hermano conmigo en la universidad. Nada me podía llenar más de orgullo para mí, para mi madre y mi padre. Me gustaría decir que gracias a mi madre y a mi hermano estoy hoy aquí porque “Diego, eres la luz que alumbra mi vida y mi motor para seguir adelante”.

Cuando comenzó el curso era una sensación diferente a la del resto de años atrás, era mi último año como universitaria en el Colegio Mayor. Y decidí que iba a aprovechar todas las oportunidades. Y así ha sido, tanto, que he disfrutado oyendo cada tertulia del Colegio Mayor, bailando con mis niñas, haciendo teatro, terminando las prácticas y haciendo el interminable TFG.

Este año de verdad me he dado cuenta que tengo una vida plena porque me he rodeado siempre de personas encantadoras que me quieren y me cuidan como solo las familias hacen. Mi Lola y Leo con sus cenas hipo-alergénicas y su amor; Carmen y Lea por su apoyo incondicional; Sonia, Rosa y Susana por pararse a escuchar las tonterías que tocaba ese día y preocuparse por mí; mis queridas formadoras Pilar, Ana, Tamara, Elena, Blanca, que siempre han tenido hacia mi palabras de apoyo y amor; y conocer a Paulina, Piko, Lidia, José, Roberto, Rafa y poder convivir con Javier Mula (persona que admiro desde primero). Ha sido todo un placer para mí. Y mi queridísima Agustina, siempre te estaré agradecida por dejarme formar parte de esta familia.

Dentro de pocos días me bajo yo del tren. Cierro una etapa de mi vida para abrir otra que solo Dios sabe. Dejo atrás miles de recuerdos, anécdotas, experiencias, un lugar donde he reído, he llorado, he aprendido, he crecido y lo más importante me llevo conmigo a personas de las que me he enriquecido, personas maravillosas que siempre guardaré en la memoria.

Podría definir el Colegio Mayor como una comunidad de la que me siento orgullosa de pertenecer pero sobre todo como mi familia, mi segundo hogar, donde he podido sacar lo mejor de mí y compartirlo con el mundo.

Con mi historia os quiero trasmitir que la vida pasa volando. Y que vosotros decidís si apostar o no por las oportunidades que te ofrece. Porque el tren solo pasa una vez. Yo decidí subirme al tren del Colegio Mayor de la Universidad Francisco de Vitoria y no podría ser más feliz de llevaros en mi recuerdo por formar parte de mi vida.

Mis padres sabían en qué tren me dejaban y no podían haber apostado mejor. Os voy a echar de menos pero estoy segura de que no es un adiós sino un hasta pronto.

Gracias Agustina, de corazón.

Gracias Colegio Mayor.

Gracias por apostar por mí.

Paula nos ha querido compartir, este vídeo, que explica la metáfora de su paso por el Colegio Mayor, como un viaje en tren.

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Celia, colegial recién graduada: “Un solo viaje en metro puede ser tu mejor recuerdo de toda la carrera”

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GraduadaCeliaEs bastante difícil resumir en unas pocas líneas cuatro años de experiencias y momentos únicos. Por ello me voy a quedar con una sola cosa, la gente con la que convives en el colegio mayor, que se acaban convirtiendo en tu familia y algunos de ellos en tus mejores amigos y para toda la vida. Destaco esto porque al fin y al cabo cuando recuerdes algo que te pasó durante la carrera siempre te acordarás con quien lo compartiste, pensarás en aquella amiga que estuvo apoyándote en los peores momentos, cuando más lo necesitabas; y también, como no, con quien pasaste los mejores momentos de risas y diversión, porque un solo viaje en metro con la persona correcta puede ser tu mejor recuerdo de toda la carrera (y hay una persona en concreto que estará muy de acuerdo en esto). Con ello solo quiero transmitir que lo que mejor se puede hacer es aprovechar el Colegio Mayor para conocer a mucha gente, gente que merece la pena; y esa gente no son solo colegiales, el Colegio Mayor lo compone mucha gente que nos hace la vida más fácil; desde tu vecino, personal de administración, seguridad, mantenimiento y como no, formadores y la directora. Me gustaría agradecer a todo el mundo que he podido conocer a lo largo de estos años toda la ayuda que he recibido por su parte, desde el personal hasta colegiales, porque gracias a todos, estos cuatro años, el Colegio Mayor ha sido como estar en casa.