GUSTAVO GILL – “Pararse y mirar”

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No había oído hablar de Lupe de la Vallina en mi vida, sin embargo, he leído las revistas donde publica y conozco alguna de las celebridades a las que retrata, pero poco más. Hasta entonces, por lo que a mi respecta, la ponente invitada del lunes pasado en el Colegio Mayor, era una total desconocida, completamente invisible.

Un aspecto sobre el que está basado su trabajo me fascinó: se trata de una aclamada fotógrafa de incógnito cuya ocupación es la de colarse en eventos de todo tipo como conciertos, galas, cenas de empresa, rodajes, etc, alrededor del mundo. Y, no. No es una paparazzi. Lupe pasa desapercibida entre los asistentes y con naturalidad, atrapa todos los elementos, tendidos en un instante que normalmente, dejamos escapar. El resultado es una gama de composiciones, colores, equilibrio y momentos descontextualizados y plasmados en un trabajo minimalista cuyo fruto es una colección de detalles, inapreciables por miradas descuidadas, que materializa en fotografías que llevan la firma de su impalpable presencia.

A propósito de su cometido, Lupe compartió con nosotros su peculiar enfoque, en concreto, la belleza de lo cotidiano. Allí éramos unos cuantos escuchando con atención los síntomas de una mente inquieta, creativa y curiosa. Expresándose con franqueza, hizo una reflexión sobre aquellos minutos contemplativos que pasamos frente a algo que nos conmueve, como un regalo. Ella sostiene que este tiempo no está siendo malgastado, sino invertido en nosotros mismos. Nos invitó a pararnos de cara a aquello que desate, en nuestro interior, la intranquilidad de no entender algo o la inquietud de reconocer algo que ya nos agrada y lo consideramos bello.

Para que pudiéramos entender de primera mano a que se estaba refiriendo Lupe con pararse y mirar, propuso un ejemplo práctico y nos hizo partícipes de su experiencia. El experimento, consistía en mirar y dejarse mirar. Repartidos por parejas, uno frente al otro, con los ojos cerrados, yacíamos algunos nerviosos y otros intrigados. La otra mitad, por unos minutos, sin pudor alguno, volcaban sus miradas intrusas en el rostro de su compañero, mientras Lupe guiaba nuestros ojos por surcos, pliegues, manchas y colores que por mas que conformen la fisionomía de una cara reconocible, solo vemos el aspecto general, descuidando los detalles más característicos de un rostro. Minutos después, se cambiaron las tornas. Ahora el que miraba, iba a ser mirado. Este ejercicio demostró a todos los asistentes que un segundo vistazo puede ser visualmente más nutritivo que contentarse con una pasada de largo. Aprendimos a hacer un alto frente a lo que creemos habernos acostumbrado, porque una mirada más profunda desvela la superficialidad de lo cotidiano.

Añado, que además de que Lupe de la Vallina contaba con todo mi interés, me pareció una persona encantadora y muy cercana, algo muy importante para acercarse a los jóvenes a hablar de un concepto tan anfibológico como la belleza. Mi experiencia en esta asamblea de la mirada fue del todo enriquecedora. El oficio de una persona, de inmortalizar las puntualizaciones menos obvias, caló hondo en las mentes de los estudiantes con hambre de romper la monotonía de los días. Estamos llamados a ser fisgar y a regalarnos sorpresas, a romper esquemas y a sacar todo de contexto para pulir la inherente realidad que se nos presenta compacta, pero que no deja ver la totalidad de sus caras.

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